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Slow Food o cómo recuperar los sabores y las costumbres tradicionales

Hoy más que nunca, el individuo moderno vive sumido en una particular carrera de obstáculos en la que controlar el cronómetro hasta la milésima determina nuestra existencia. La prisa es el motor de todas nuestras acciones y todos nos olvidamos de que “en la vida hay algo más importante que incrementar su velocidad” tal y como dijo el sabio Gandhi.

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El movimiento Slow tiene el objetivo de enseñarnos que podemos llevar una vida más plena y desacelerada. Es una fuente de placer, útil para alejarse de una vida estandarizada regida por el minutero de nuestro reloj, sometida por una velocidad que erradica nuestra capacidad para disfrutar del momento presente. La clave para  disfrutar de nuestras vidas según el movimiento Slow prolongado que en demasiados casos queda sepultado por las obligaciones del futuro más inmediato., reside en un juicio acertado de la marcha adecuada para cada momento de la carrera diaria. Se debe poder correr cuando las circunstancias apremian y soportar el temido estrés que en demasiadas ocasiones nos embarga; pero a la vez saber detenerse y disfrutar de un presente.

El movimiento Slow tiene su génesis en la Plaza de España romana, en el año 1986 y se simboliza mediante la figura del caracol (el mejor símbolo para luchar contra la velocidad). Cuando el periodista Carlo Petrini se topó con la apertura de un conocido establecimiento de comida rápida en este enclave histórico de la capital italiana, algo se removió en su interior. Definitivamente, se habían traspasado los límites de lo aceptable y entendió, de forma casi visionaria, los peligros que se cernían sobre los hábitos alimentarios de la población del viejo continente. Y así fue cómo se fundó la semilla del movimiento Slow Food (Comida lenta).

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La idea de Slow Food es simple: proteger los productos estacionales, frescos y autóctonos del acoso de la comida rápida y defender los intereses de los productos locales, siempre en un régimen sostenible, a través del culto a la diversidad, alertando de los peligros evidentes de la explotación intensiva de la tierra con fines comerciales. El movimiento Slow Food se basa en el disfrute de la comida, en degustar los placeres que ofrece y en gozar de la buena mesa en el entorno más adecuado. Es una alternativa frente a la comida rápida y lucha para salvaguardar el patrimonio alimentario de la humanidad.

El movimiento se ha ido ampliando, y hoy está presente en más de 130 países de los cinco continentes. En 2004, la FAO lo reconoció oficialmente como organización sin ánimo de lucro e instauró con ella una relación de colaboración. Slow Food distingue a productores, procesadores, comerciantes y gastrónomos que trabajan para comercializar los llamados “alimentos y platos del Arca”, en alusión al Arca de Noé. Además, el movimiento, con su fundación para la biodiversidad, trabaja en pos de la conservación de la variedad de plantas cultivadas y animales de consumo.

Tras Slow Food, han ido apareciendo nuevas aplicaciones a otros ámbitos esenciales de nuestras existencias como el sexo, la salud, el trabajo, la educación o el ocio que acabarían por conformar las áreas de influencia del movimiento Slow. Y todos ellos tienen como propósito fundamental disfrutar y saborear la vida al máximo pensando en cómo invertir de mejor forma nuestro tiempo que es lo más valioso que tenemos.

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